Contadores de Historias: La Casilla
RECICLAJE ARQUITECTÓNICO EN CRYSTALZOO

Los edificios son testigos de nuestra historia. Entendemos que la forma adecuada de intervenir en una construcción antigua, debe responder al intento de hacer convivir lo viejo con lo nuevo, dotándole de un nuevo espíritu que le ayude a adaptarse a las necesidades de nuestro tiempo. En el reciclaje de la antigua Casa de Peones Camineros, La Casilla de La Nucia, conservamos su patio, su olivo… la historia de este lugar forma parte del proyecto.

Y su historia comienza a mediados del siglo XVIII, durante el reinado de Fernando VI, el Prudente, nuestro segundo rey Borbón, un corto reinado conocido por ser el primero en el que España no entraba en combate, comprendido entre 1.746 hasta 1.759. Antes de morir sin descendencia y con objeto de mantener y conservar la red de caminos, se creó la figura del Peón Caminero, los cuales eran los encargados del mantenimiento de una legua de camino. Para ayudarles en este cometido, se les construyó una Casilla de peón caminero en el punto medio de su camino, donde poder alojarse y almacenar sus enseres y materiales para las pequeñas obras. Uno de los primeros planteamientos de prefabricación, pues solo había dos modelos y la península está plagada de estas pequeñas construcciones, el listado de las existentes en la actualidad se puede ver en www.casillasdepeonescamineros.es.

Estos peones atendían al título de Camineros y uso de Bandolera y se les dotaba junto de la casa Habitación, de 5 reales diarios, debían trabajar todos los días desde que desde la salida del sol hasta el ocaso, solo pudiendo ausentarse un día al mes, para cobrar su sueldo.

La de la Nucia fue ocupada por la familia Teuler hasta 1920, año en que fue abandonada, pasando a ser almacén municipal mucho mas tarde.

Hasta que los ecos del órdago, la brisca, las cuarenta y el golpear de las fichas de dominó inundó su único espacio en el año 2000 hasta el 2015.

Escribía Cristina Martínez en el libro “CrystalZoo, Brillantes animales salvajes”, “Hoy, en su interior cabe un tiempo precioso, destinado a los más sabios del lugar. Con tanta vida, la Casilla no podía convertirse en otra cosa que en un centro de mayores”.

En su interior se cumple la metáfora de la fuente de la Eterna Juventud de Ponce de León, pues la Casilla se ha convertido “para los mayores en un espacio donde vivir, convivir y revivir, cerrando el círculo” como subrayaba Cristina Martínez, periodista del Diario Información, en su libro “

Creadores de convivencia  

Cuando conocimos la parcela, al estudiar el edificio y su espacio propuesto, nos encontramos un hermoso patio, el cual protegía un hermoso olivo, esto nos dio que pensar ese carácter de protección que queríamos que tuviese el edificio.

Y establecimos unas reglas de juego con lo que mejor tenía el entorno, eran nuestras reglas de juego.

Al analizar el programa muy para el buen funcionamiento del centro nos encontramos que nos generaba un edificio de gran porte y esto rompería el futuro dialogo con la antigua Casilla, por eso hundimos el programa, y lo iluminamos a través de patios ingleses. Nuestro edificio sería pequeño, no rompería con la vieja casilla de peones camineros, mutaría con ella.

Y así lo planteamos, el patio, las vistas al mar Mediterráneo, la relación entre lo nuevo y lo viejo, eran nuestras reglas, la Casilla continuaba con un pequeño gesto como una cubierta y miraba al Mediterráneo, siempre presente. Nuestro edificio como una salamandra, se enrosca generando un nuevo patio, esta vez abierto, comunicado con la plaza donde se ubica en centro juvenil, con quien, desde el punto de vista de interrelación social, nos queremos relacionar, siempre el juego de lo nuevo y lo viejo. Siempre protegiendo lo mejor, salvaguardando el olivo en su interior…

La materialidad era importante y su decisión de partida, utilizar en el interior la misma apariencia del exterior, al utilizar los tableros de virutillas (OSB) como revestimiento interior y como encofrado del hormigón visto nos configuró la fachada altamente texturada por medio de una solución muy económica, la disposición de berenjenos de forma que nos generasen juegos de sombra al disponer de varios tamaños.

Pero al anochecer todo cambia, el nuevo edificio se vuelve ingrávido, casi levita. El olivo mantiene su protagonismo, te invita a entrar al patio a través de la sima de entrada, ese espacio casi mágico entre ambos mundos, de juegos de reflejos en que se convierte el patio de acceso, donde la masa del exterior desaparece y solo queda la luz…

Y la cerámica coge protagonismo, las mismas piezas hexagonales de Toni Cumella que cubrieron Mercado de Santa Caterina de Barcelona de Enric Miralles buscan un guiño al pasado y trasmitir optimismo a sus usuarios. Resolviendo la cubierta cerámica, con un único gesto que unifica ambos cuerpos por medio de una gradación de colores del rojo como reminiscencia de las antiguas tejas al amarillo de la ampliación.

Y en su interior conjugamos dos acabados, buscando el blanco por medio de resinas epoxi, para que el protagonismo lo tenga la gente, el mobiliario, los objetos bonitos con los que los mayores se apropian del espacio y adornan sus estanterías y por otro lado el colorido de los patrones geométricos generados por las piezas hexagonales. Se hacía eco Anatxu Zabalbeascoa, critica de arquitectura de El País en su artículo “Ceramica para acoger y diferencia además de proteger” del planteamiento del proyecto. De cómo estas alfombras cerámicas te reciben, te dirigen y jerarquizan los diferentes espacios. Generan una lectura del espacio conocida por los mayores, pues es un código reinterpretado del pasado que engalana la vieja casilla. La parte antigua se reivindica, nuevas alfombras la visten, saca pecho, se pavonea, se pone guapa, como los más sabios del lugar, que aquí sacan lo mejor de ellos mismos, y de La Casilla, un espacio donde vivir, convivir y revivir, cerrando el círculo.

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